Ana Karenina

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La Princesa compareció en breve, seguida por el médico de la familia, y el Príncipe se alejó para no exteriorizar lo que pensaba de toda aquella farsa.

La Princesa, desconcertada, sintiéndose ahora culpable con respecto a Kitty, no sabía qué hacer.

–Bueno, doctor, decida nuestra suerte: digánoslo todo.

Iba a añadir «¿Hay esperanzas?» , pero sus labios temblaron y no llegó a formular la pregunta. Limitóse a decir:

–¿Así, doctor, que… ?

–Primero, Princesa, voy a hablar con mi colega y luego tendré el honor de manifestarle mi opinión.

–¿Debo entonces dejarles solos?

–Como usted guste…

La Princesa salió, exhalando un suspiro.

Al quedar solos los dos profesionales, el médico de familia comenzó tímidamente a exponer su criterio de que se trataba de un proceso de tuberculosis incipiente, pero que…

El médico célebre le escuchaba y en medio de su peroración consultó su voluminoso reloj de oro.

–Bien –dijo–. Pero…

El médico de familia calló respetuosamente en la mitad de su discurso.


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