Ana Karenina
Ana Karenina Al entrar el médico se ruborizó todavÃa más y sus ojos se llenaron de lágrimas. Su enfermedad y la curación se le figuraban una cosa estúpida y hasta ridÃcula. La cura le parecÃa tan absurda como querer reconstruir un jarro roto reuniendo los trozos quebrados. Su corazón estaba desgarrado. ¿Cómo componerlo con pÃldoras y drogas?
Pero no se atrevÃa a contrariar a su madre, que se sentÃa, por otra parte, culpable con respecto a ella.
–Haga el favor de sentarse, Princesa –dijo el médico famoso.
Se sentó ante Kitty, sonriendo, y de nuevo, mientras le tomaba el pulso, comenzó a preguntarle las cosas más enojosas.
Kitty, al principio, le contestaba, pero, impaciente al fin, se levantó y le contestó irritada:
–Perdone, doctor, mas todo esto no conduce a nada. Ésta es la tercera vez que me pregunta usted la misma cosa.
El médico célebre no se ofendió.
–Excitación nerviosa ––dijo a la madre de Kitty cuando ésta hubo salido–. De todos modos, ya habÃa terminado.