Ana Karenina

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Y el médico afamado expuso un plan curativo a base de las aguas de Soden, plan cuyo mérito principal, a sus ojos, era evidentemente que las tales aguas no podían en modo alguno hacer ningún daño a la enferma.

–Yo alegaría en pro del viaje al extranjero el cambio de ambiente, el alejamiento de las condiciones que despiertan recuerdos… Además, su madre lo desea…

–En ese caso pueden ir. Esos charlatanes alemanes no le harán más que daño. Sería mejor que no les escuchara. Pero ya que lo quieren así, que vayan.

Volvió a mirar el reloj.

–Tengo que irme ya –dijo, dirigiéndose a la puerta.

El médico famoso, en atención a las conveniencias profesionales, dijo a la Princesa que había de examinar a Kitty una vez más.

–¡Examinarla otra vez! –exclamó la madre, consternada.

–Sólo unos detalles, Princesa.

–Bien; haga el favor de pasar..

Y la madre, acompañada por el médico, entró en el saloncito de Kitty.

Kitty, muy delgada, con las mejillas encendidas y un brillo peculiar en los ojos a causa de la vergüenza que había pasado momentos antes, estaba de pie en medio de la habitación.


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