Ana Karenina
Ana Karenina No habÃa nada en concreto, pero Esteban Arkadievich no estaba casi nunca en casa, faltaba siempre el dinero para las atenciones del hogar y las sospechas de las infidelidades de su marido atormentaban a Dolly continuamente, aunque procuraba eludirlas para no caer otra vez en el sufrimiento de los celos. La primera explosión de celos no podÃa volverse a producir, y ni siquiera el descubrimiento de la infidelidad de su marido habrÃa ya de despertar en ella el dolor de la primera vez.
Semejante descubrimiento sólo le habrÃa impedido atender sus obligaciones familiares; pero preferÃa dejarse engañar, despreciándole y despreciándose a sà misma por su debilidad. Además, las preocupaciones propias de una casa habitada por una numerosa familia ocupaban todo su tiempo: ya se trataba de que la pequeña no podÃa lactar bien, ya que de que la niñera se iba, ya, como en la presente ocasión, de que caÃa enfermo uno de los niños.
–¿Cómo estáis en tu casa? –preguntó la Princesa a Dolly.
–También nosotros tenemos muchas penas, mamá… Ahora está enferma LilÃ, y temo que sea la escarlatina. Sólo he salido para preguntar por Kitty. Por eso he venido en seguida, porque si es escarlatina –¡Dios nos libre!–, quién sabe cuándo podré venir.