Ana Karenina
Ana Karenina Después de marchar el médico, el PrÃncipe habÃa salido de su despacho y, tras ofrecer la mejilla a Dolly para que se la besase, se dirigió a su mujer:
–¿Qué habéis decidido? ¿Ir al extranjero? ¿Y qué pensáis hacer conmigo?
–Creo que debes quedarte, Alejandro –respondió su esposa.
–Como queráis.
–Mamá, ¿y por qué no ha de venir papá con nosotras? –preguntó Kitty–. EstarÃamos todos mejor.
El PrÃncipe se levantó y acarició los cabellos de Kitty. Ella alzó el rostro y le miró esforzándose en aparecer sonriente.
Le parecÃa a Kitty que nadie de la familia la comprendÃa tan bien como su padre, a pesar de lo poco que hablaba con ella. Por ser la menor de sus hijas, era ella la predilecta del PrÃncipe y Kitty pensaba que su mismo amor le hacÃa penetrar más en sus sentimientos.
Cuando su mirada encontró los ojos azules y bondadosos del PrÃncipe, que la consideraba atentamente, le pareció que aquella mirada la penetraba, descubriendo toda la tristeza que habÃa en su interior.
Kitty se irguió, ruborizándose, y se adelantó hacia su padre esperando que la besara. Pero él se limitó a acariciar sus cabellos diciendo: