Ana Karenina
Ana Karenina –¡Esos estúpidos postizos! Uno no puede ni acariciar a su propia hija. Hay que contentarse con pasar la mano por los cabellos de alguna señora difunta… ¿Qué hace tu «triunfador», Dolliñka? –preguntó a su hija mayor.
–Nada, papa –contestó ella, comprendiendo que se referÃa a su marido. Y agregó, con sonrisa irónica–: Está siempre fuera de casa. No le veo apenas.
–¿TodavÃa no ha ido a la finca a vender la madera?
–No… Siempre está preparándose para ir..
–Ya. ¡Preparándose para ir! ¡Habré yo también de hacer lo mismo! ¡Muy bien! –dijo dirigiéndose a su mujer, mientras se sentaba–. ¿Sabes lo que tienes que hacer, Kitty? –agregó, hablando a su hija menor–. Pues cualquier dÃa en que luzca un buen sol te levantas diciendo: «Me siento completamente sana y alegre y voy a salir de paseo con papa, tempranito de mañana y a respirar el aire fresco». ¿Qué te parece?
Lo que habÃa dicho su padre parecÃa muy sencillo, pero Kitty, al oÃrle, se turbó como un criminal cogido in fraganti.
«SÃ: él lo sabe todo, lo comprende todo, y con esas palabras quiere decirme que, aunque lo pasado sea vergonzoso, hay que sobrevivir a la vergüenza.»