Ana Karenina
Ana Karenina
Al entrar en el saloncito de Kitty, una habitación reducida, exquisita, con muñecas vieux saxe, tan juvenil, rosada y alegre como la propia Kitty sólo dos meses antes. Dolly recordó con cuánto cariño y alegrÃa habÃan arreglado las dos el año anterior aquel saloncito.
Vio a Kitty sentada en la silla baja más próxima a la puerta, con la mirada inmóvil fija en un punto del tapiz, y el corazón se le oprimió.
Kitty miró a su hermana sin que se alterase la frÃa y casi severa expresión de su rostro.
–Ahora me voy a casa y no saldré de ella en muchos dÃas; tampoco tú podrás venir a verme –dijo Daria Alejandrovna, sentándose a su lado–. Asà que quisiera hablarte.
–¿De qué? –preguntó Kitty inmediatamente, algo alarmada y levantando la cabeza.
–¿De qué quieres que sea, sino del disgusto que pasas?
–No paso ningún disgusto.
–Basta Kitty. ¿Crees acaso que no lo sé? Lo sé todo. Y créeme que es poca cosa. Todas hemos pasado por eso.
Kitty callaba, conservando la severa expresión de su rostro