Ana Karenina
Ana Karenina –¡No se merece lo que sufres por él! –continuó Daria Alejandrovna, yendo derecha al asunto.
–¡Me ha despreciado! –dijo Kitty con voz apagada–. No me hables de eso, te ruego que no me hables…
–¿Quién te lo ha dicho? No habrá nadie que lo diga. Estoy segura de que te querÃa y hasta de que te quiere ahora, pero…
–¡Lo que más me fastidia son estas compasiones! –exclamó Kitty de repente. Se agitó en la silla, se ruborizó y movió irritada los dedos, oprimiendo la hebilla del cinturón que tenÃa entre las manos.
Dolly conocÃa aquella costumbre de su hermana de coger la hebilla, ora con una, ora con otra mano, cuando estaba irritada. SabÃa que en aquellos momentos Kitty era muy capaz de perder la cabeza y decir cosas superfluas y hasta desagradables, y habrÃa querido calmarla, pero ya era tarde.
–¿Qué es, dime, qué es, lo que quieres hacerme comprender? –dijo Kitty rápidamente–. ¿Qué estuve enamorada de un hombre a quien yo le tenÃa sin cuidado y que ahora me muero de amor por él? ¡Y eso me lo dice mi hermana pensando probarme de este modo su simpatÃa y su piedad! ¡Para nada necesito esa piedad ni esa simpatÃa!
–No eres justa, Kitty.
–¿Por qué me atormentas?