Ana Karenina

Ana Karenina

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Ana no le daba esperanzas, pero en cuanto le veía se encendía en su alma aquel sentimiento vivificador que experimentara en el vagón el día en que le viera por primera vez. Tenía la sensación precisa de que, al verle, la alegría iluminaba su rostro y le dilataba los labios en una sonrisa, y que le era imposible dominar la expresión de aquella alegría.

Al principio, Ana se creía de buena fe molesta por la obstinación de Vronsky en perseguirla. Mas, a poco de volver de Moscú y después de haber asistido a una velada en la que, contando encontrarle, no le encontró, hubo de reconocer, por la tristeza que experimentaba, que se engañaba a sí misma, y que las asiduidades de Vronsky no sólo no le desagradaban sino que constituían todo el interés de su vida.

La célebre artista cantaba por segunda vez y toda la alta sociedad se hallaba reunida en el teatro.

Vronsky, viendo a su prima desde su butaca de primera fila, pasó a su palco sin esperar el entreacto.

–¿Cómo no vino usted a comer? –preguntó Betsy.

Y añadió con una sonrisa, de modo que sólo él la pudiera entender:

–Me admira la clarividencia de los enamorados. Ella no estaba. Pero venga cuando acabe la ópera.


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