Ana Karenina
Ana Karenina Vronsky la miró, inquisitivo. Ella bajó la cabeza. Agradeciendo su sonrisa, él se sentó junto a Betsy.
–¡Cómo me acuerdo de sus burlas! –continuó la Princesa, que encontraba particular placer en seguir el desarrollo de aquella pasión–. ¿Qué queda de lo que usted decía antes? ¡Le han atrapado, querido!
–No deseo otra cosa que eso –repuso Vronsky, con su sonrisa tranquila y benévola–. Sólo me quejo, a decir verdad, de no estar más atrapado… Empiezo a perder la esperanza.
–¿Qué esperanza puede usted tener? –dijo Betsy, como enojada de aquella ofensa a la virtud de su amiga–. Entendons–nous…
Pero en sus ojos brillaba una luz indicadora de que sabía tan bien como Vronsky la esperanza a que éste se refería.
–Ninguna –repuso él, mostrando, al sonreír, sus magníficos dientes–. Perdón –añadió, tomando los gemelos de su prima y contemplando por encima de sus hombros desnudos la hilera de los palcos de enfrente–.Temo parecer un poco ridículo…