Ana Karenina
Ana Karenina SabÃa bien que a los ojos de Betsy y las demás personas del gran mundo no corrÃa el riesgo de parecer ridÃculo. Le constaba que ante ellos puede ser ridÃculo el papel de enamorado sin esperanzas de una joven o de una mujer libre. Pero el papel de cortejar a una mujer casada, persiguiendo como fin llevarla al adulterio, aparecÃa ante todos, y Vronsky no lo ignoraba, como algo magnÃfico, grandioso, nunca ridÃculo.
AsÃ, dibujando bajo su bigote una sonrisa orgullosa y alegre, bajó los gemelos y miró a su prima:
–¿Por qué no vino a comer? –preguntó Betsy, mirándole a su vez.
–Me explicaré… Estuve ocupado… ¿Sabe en qué? Le doy cien o mil oportunidades de adivinarlo y estoy seguro de que no acierta. Estaba poniendo paz entre un esposo y su ofensor. SÃ, en serio…
–¿Y lo ha conseguido?
–Casi.
–Tiene que contármelo –dijo ella, levantándose–. Venga al otro entreacto.
–Imposible. Me marcho al teatro Francés.
–¿No se queda a oÃr a la Nilson? ––exclamó Betsy, horrorizada, al considerarle incapaz de distinguir a la Nilson de una corista cualquiera.
–¿Y qué voy a hacer, pobre de m� Tengo una cita allà relacionada con esa pacificación.