Ana Karenina
Ana Karenina Al enterarse de que su mujer tenÃa invitados, el marido de la princesa Betsy, hombre grueso y bondadoso, gran coleccionista de grabados, entró en el salón antes de irse al cÃrculo.
Avanzando sin ruido sobre la espesa alfombra, se acercó a la princesa Miágkaya.
–¿Qué? ¿Le gustó la Nilson? –le preguntó.
–¡Qué modo de acercarse a la gente! ¡Vaya un susto que me ha dado! ––contestó ella–. No me hable de la ópera, por favor: no entiende usted nada de música. Será mejor que descienda… yo hasta usted y le hablé de mayólicas y grabados. ¿Qué tesoros ha comprado recientemente en el encante?
–¿Quiere que se los enseñe? ¡Pero usted no entiende nada de esas cosas!
–Enséñemelas, sÃ. He aprendido con esos… ¿cómo les llaman?… esos banqueros que tienen tan hermosos grabados. Me han enseñado a apreciarlos
–¿Ha estado usted en casa de los Chuzburg? –preguntó Betsy, desde su sitio junto al samovar.