Ana Karenina
Ana Karenina –Estuve, ma chère. Nos invitaron a comer a mi marido y a mÃ. Según me han contado, sólo la salsa de esa comida les costó mil rublos –comentó en alta voz la Miágkaya–. Y por cierto que la salsa –un lÃquido verduzco– no valÃa nada. Yo tuve que invitarles a mi vez, hice una salsa que me costó ochenta y cinco copecks , y todos tan contentos. ¡Yo no puedo aderezar salsas de mil rublos!
–¡Es única en su estilo! –exclamó la dueña, refiriéndose a la Miágkaya.
–Incomparable –convino alguien.
El enorme efecto que producÃan infaliblemente las palabras de la Miágkaya consistÃa en que lo que decÃa, aunque no siempre muy oportuno, como ahora, eran siempre cosas sencillas y llenas de buen sentido.
En el cÃrculo en que se movÃa, sus palabras producÃan el efecto del chiste más ingenioso. La princesa Miágkaya no podÃa comprender la causa de ello, pero conocÃa el efecto y lo aprovechaba.
Para escucharla, cesó la conversación en el grupo de la mujer del embajador. La dueña de la casa quiso aprovechar la ocasión para unir los dos grupos en uno y se dirigió a la embajadora.
–¿No toma usted el té, por fin? Porque en este caso podrÃa sentarse con nosotros.
–No. Estamos muy bien aquà –repuso, sonriendo, la esposa del diplomático.