Ana Karenina
Ana Karenina «Mateo dice que todo se arreglará» , reflexionaba, «pero no sé cómo. No veo la manera ¡Y qué modo de gritar! ¡Qué términos! Villano, amante… –se dijo, recordando las palabras de su mujer–. ¡Con tal que no la hayan oÃdo las criadas! ¡Es terrible! » , se repitió. Permaneció en pie unos segundos, se enjugó las lágrimas, suspiró, y, levantando el pecho, salió de la habitación.
Era viernes. En el comedor, el relojero alemán estaba dando cuerda a los relojes. Esteban Arkadievich recordó su broma acostumbrada, cuando, hablando de aquel alemán calvo, tan puntual, decÃa que se le habÃa dado cuerda a él para toda la vida a fin de que él pudiera darle a su vez a los relojes, y sonrió. A Esteban Arkadievich le gustaban las bromas divertidas. «Acaso», volvió a pensar, «se arregle todo! ¡Qué hermosa palabra arreglar!», se dijo. «Habrá que contar también ese chiste. »
Llamó a Mateo:
–Mateo, prepara la habitación para Ana Arkadievna. Di a MarÃa que te ayude.
–Está bien, señor.
Esteban Arkadievich se puso la pelliza y se encaminó hacia la escalera.
–¿No come el señor en casa? –preguntó Mateo, que iba a su lado.