Ana Karenina
Ana Karenina –No sé; veremos. Toma, para el gasto –dijo Oblonsky, sacando diez rublos de la cartera–. ¿Te bastará?
–Baste o no, lo mismo nos tendremos que arreglar ––dijo Mateo, cerrando la portezuela del coche y subiendo la escalera.
Entre tanto, calmado el niño y comprendiendo por el ruido del carruaje que su esposo se iba, Daria Alejandrovna volvió a su dormitorio. Aquél era su único lugar de refugio contra las preocupaciones domésticas que la rodeaban apenas salÃa de allÃ. Ya en aquel breve momento que pasara en el cuarto de los niños, la inglesa y Matrena la habÃan preguntado acerca de varias cosas urgentes que habÃa que hacer y a las que sólo ella podÃa contestar. «¿Qué tenÃan que ponerse los niños para ir de paseo?» «¿Les daban leche?»
«¿Se buscaba otro cocinero o no?»
–¡Déjenme en paz! –habÃa contestado Dolly, y, volviéndose a su dormitorio, se sentó en el mismo sitio donde antes habÃa hablado con su marido, se retorció las manos cargadas de sortijas que se deslizaban de sus dedos huesudos, y comenzó a recordar la conversación tenida con él.
«Ya se ha ido», pensaba. «¿Cómo acabará el asunto de la institutriz? ¿Seguirá viéndola? Debà habérselo preguntado.