Ana Karenina
Ana Karenina No, no es posible reconciliarse… Aun si seguimos viviendo en la misma casa, hemos de vivir como extraños el uno para el otro. ¡Extraños para siempre!», repitió, recalcando aquellas terribles palabras. «¡Y cómo le querÃa! ¡Cómo le querÃa, Dios mÃo! ¡Cómo le he querido! Y ahora mismo: ¿no le quiero, y acaso más que antes? Lo horrible es que … »
No pudo concluir su pensamiento porque Matrena Filimonovna se presentó en la puerta.
–Si me lo permite, mandaré a buscar a mi hermano, señora ––dijo–. Si no, tendré que preparar yo la comida, no sea que los niños se queden sin comer hasta las seis de la tarde, como ayer.
–Ahora salgo y miraré lo que se haya de hacer. ¿Habéis enviado por leche fresca?
Y Daria Alejandrovna, sumiéndose en las preocupaciones cotidianas, ahogó en ellas momentáneamente su dolor.