Ana Karenina

Ana Karenina

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–Entonces hay que aprender a hacerse una inoculación artificial de amor, una especie de vacuna…

–Yo, de joven, estuve enamorada del sacristán –dijo la Miágkaya–. No sé si eso me sería útil.

–Bromas aparte, creo que, para conocer bien el amor, hay que equivocarse primero y corregir después la equivocación –dijo la princesa Betsy.

–¿Incluso después del matrimonio? –preguntó la esposa del embajador con un ligero tono de burla.

–Nunca es tarde para arrepentirse –alegó el diplomático recordando el proverbio inglés.

–Precisamente –afirmó Betsy– es así como hay que equivocarse para corregir la equivocación. ¿Qué opina usted de eso? –preguntó a Ana, que con leve pero serena sonrisa escuchaba la conversación.

–Yo pienso –dijo Ana, jugueteando con uno de sus guantes que se había quitado–, yo pienso que hay tantos cerebros como cabezas y tantas clases de amor como corazones.

Vronsky miraba a Ana, esperando sus palabras con el pecho oprimido. Cuando ella hubo hablado, respiró, como si hubiese pasado un gran peligro.

Ana, de improviso, se dirigió a él:

–He recibido carta de Moscú. Me dicen que Kitty Scherbazkv está seriamente enferma.


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