Ana Karenina
Ana Karenina –¿Es posible? –murmuró Vronsky frunciendo las cejas.
Ana le miró con gravedad.
–¿No le interesa la noticia?
–Al contrario, me interesa mucho. ¿Puedo saber concretamente lo que le dicen? –preguntó él.
Ana, levantándose, se acercó a Betsy.
–Déme una taza de té –dijo, parándose tras su silla.
Mientras Betsy vertía el té, Vronsky se acercó a Ana.
–¿Qué le dicen? –repitió.
–Yo creo que los hombres no saben lo que es nobleza, aunque siempre están hablando de ello –comentó Ana sin contestarle–. Hace tiempo que quería decirle esto –añadió.
Y, dando unos pasos, se sentó ante una mesa llena de álbumes que había en un rincón.
–No comprendo bien lo que quieren decir sus palabras –dijo Vronsky, ofreciéndole la taza.
Ella miró el diván que había a su lado y Vronsky se sentó en él inmediatamente.
–Quería decirle –continuó ella sin mirarle– que ha obrado usted mal, muy mal.
–¿Y cree usted que no sé que he obrado mal? Pero ¿cuál ha sido la causa de que haya obrado de esta manera?