Ana Karenina
Ana Karenina –¿Por qué me dice eso? –repuso Ana mirándole con severidad.
–Usted sabe por qué –contestó él, atrevido y alegre, encontrando la mirada de Ana y sin apartar la suya.
No fue él sino ella la confundida.
–Eso demuestra que usted no tiene corazón –dijo Ana.
Pero la expresión de sus ojos daba a entender que sabÃa bien que él tenÃa corazón y que precisamente por ello le temÃa.
–Eso a que usted aludÃa hace un momento era una equivocación, no era amor.
–Recuerde que le he prohibido pronunciar esta palabra, esta repugnante palabra –dijo Ana, estremeciéndose imperceptiblemente,
Pero comprendió en seguida que con la palabra «prohibido» daba a entender que se reconocÃa con ciertos derechos sobre él y que, por lo mismo, le animaba a hablarle de amor.
Ana continuó mirándole fijamente a los ojos, con el rostro encendido por la animación:
–Hoy he venido aquà expresamente, sabiendo que le encontrarÃa, para decirle que esto debe terminar.
Jamás he tenido que ruborizarme ante nadie y ahora usted me hace sentirme culpable, no sé de qué…