Ana Karenina
Ana Karenina –Vuestro Rambouillet está completo –dijo mirando a los concurrentes–. Se hallan presentes las Gracias y las Musas.
La condesa Betsy no podÃa soportar aquel tono tan sneering , como ella decÃa; y, como corresponde a una prudente dueña de casa, le hizo entrar en seguida en una conversación seria referente al servicio militar obligatorio.
Alexey Alejandrovich se interesó en la conversación inmediatamente y comenzó, en serio, a defender la nueva ley que la princesa Betsy criticaba.
Ana y Vronsky seguÃan sentados junto a la mesita del rincón.
–Esto empieza ya a pasar de lo conveniente –dijo una señora, mostrando con los ojos a la Karenina, su marido y Vronsky.
–¿Qué decÃa yo? –repuso la amiga de Ana.
No sólo aquellas señoras, sino casi todos los que estaban en el salón, incluso la princesa Miágkaya y la misma Betsy, miraban a la pareja, separada del cÃrculo de los demás, como si la sociedad de ellos les estorbase.
El único que no miró ni una vez en aquella dirección fue Alexey Alejandrovich, atento a la interesante conversación, de la que no se distrajo un momento.