Ana Karenina
Ana Karenina «¡Oh! –pensaba él, delirante–. En el momento en que yo desesperaba, en que creÃa no llegar nunca al fin… se produce lo que tanto anhelaba. Ella me ama, me lo confiesa… »
–Bien, hágalo por mÃ. No me hable más de ese modo y sigamos siendo buenos amigos –murmuró Ana. Pero su mirada decÃa lo contrario.
–No podemos ser sólo amigos, esto lo sabe y muy bien. En su mano está que seamos los más dichosos o los más desgraciados del mundo.
Ella iba a contestar, mas Vronsky la interrumpió:
–Una sola cosa le pido: que me dé el derecho de esperar y sufrir como hasta ahora. Si ni aun eso es posible, ordéneme desaparecer y desapareceré. Si mi presencia la hace sufrir, no me verá usted más.
–No deseo que se vaya usted.
–Entonces no cambie las cosas en nada. Déjelo todo como está –dijo él, con voz trémula–. ¡Ah, allà viene su marido!
Efectivamente, Alexey Alejandrovich entraba en aquel momento en el salón con su paso torpe y calmoso.
Después de dirigir una mirada a su mujer y a Vronsky, se acercó a la dueña de la casa y, una vez ante su taza de té, comenzó a hablar con su voz lenta y clara, en su tono irónico habitual, con el que parecÃa burlarse de alguien: