Ana Karenina
Ana Karenina
Ana entró con la cabeza inclinada y jugueteando con las borlas de su baslik .
Su rostro resplandecÃa, pero no de felicidad; la luz que le iluminaba recordaba más bien el siniestro resplandor de un incendio en una noche oscura.
Al ver a su marido, levantó la cabeza y sonrió, como despertando de un sueño.
–¿No estás acostado aún? ¡Qué milagro!
Se quitó la capucha y, sin volver la cabeza, se encaminó al tocador.
–Es hora de acostarse, Alexey Alejandrovich; es tarde ya –dijo desde la puerta.
–Tengo que hablarte, Ana.
–¿Hablarme? –dijo ella extrañada.
Y saliendo del tocador, le miró.
–¿De qué se trata? –preguntó, sentándose–. Hablemos, si es preciso. Pero deberÃamos irnos ya a dormir.
Ana decÃa lo primero que le venÃa a los labios y ella misma se extrañaba, al escucharse, de oÃrse mentir con tanta familiaridad, de comprobar lo sencillas y naturales que parecÃan sus palabras y de la espontaneidad que aparentemente existÃa en el deseo que expresara de dormir.