Ana Karenina
Ana Karenina Se sentÃa revestida de una impenetrable coraza de falsedad y le parecÃa que una fuerza invisible la sostenÃa y ayudaba.
–Debo advertirte, Ana…
–¿Advertirme qué?
Le miraba con tanta naturalidad, con una expresión tan jovial, que quien no la hubiera conocido como su esposo no habrÃa podido observar fingimiento alguno, ni en el sonido ni en la expresión de sus palabras.
Pero él la conocÃa, sabÃa que cuando se iba a dormir cinco minutos más tarde que de costumbre, Ana reparaba en ello y le preguntaba la causa. No ignoraba tampoco que su esposa le contaba siempre sus penas y sus alegrÃas. Por eso, el hecho de que esta noche no quisiera reparar en su estado de ánimo, ni contarle era para él altamente significativo. ComprendÃa que la profundidad de aquella alma, antes abierta siempre para él, se habÃa cerrado de repente.
Observaba, por otra parte, que ella no se sentÃa molesta ni cohibida ante aquel hecho, antes lo manifestaba abiertamente, como si su alma debiera estar cerrada y fuese conveniente que ello ocurriera y debiera seguir ocurriendo en lo sucesivo. Y él experimentaba la impresión de un hombre que, regresando a su casa, se encontrase con la puerta cerrada.
«Quizá encontremos todavÃa la llave», pensaba Alexey Alejandrovich.