Ana Karenina
Ana Karenina Y Nicolás le habÃa contestado rápidamente, como sobre un asunto fuera de discusión:
–Ya es hora, Constantino Dmitrievich.
Pero el matrimonio estaba más lejos que nunca. El puesto que soñara ocupar junto a su futura esposa estaba ocupado y, cuando con la imaginación ponÃa en el lugar de Kitty a una de las jóvenes que conocÃa, comprendÃa la imposibilidad de reemplazarla en su corazón.
Además, el recuerdo de la negativa y del papel que hiciera entonces le colmaban de vergüenza. Por mucho que se repitiese que la culpa no era suya, este recuerdo, unido a otros semejantes, que también le avergonzaban, le hacÃan enrojecer y estremecerse.
Como todos los hombres, tenÃa en su pasado hechos que reconocÃa ser vergonzosos y de los cuales podÃa acusarle su conciencia. Pero los recuerdos de sus actos reprensibles le atormentaban mucho menos que estos recuerdos sin importancia, pero abochornantes. Estas heridas no se curan jamás.
A la vez que en estos recuerdos, pensaba siempre en la negativa de Kitty y en la lamentable situación en que debieron de verle todos los presentes en aquella velada.