Ana Karenina

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No obstante, el tiempo y el trabajo hacían su obra y los recuerdos iban borrándose, eliminados por los acontecimientos, invisibles para él, pero muy importantes de la vida del pueblo.

Así, a medida que pasaban los días se acordaba menos de Kitty. Esperaba con impaciencia la noticia de que ésta se hubiese casado o fuese a casarse en breve, confiando que, como la extracción de una muela, el mismo dolor de la noticia había de curarle.

Entre tanto llegó la primavera. Una primavera hermosa, definitiva, sin anticipos ni retrocesos, una de esas pocas primaveras que alegran a la vez a los hombres, a los animales y a las plantas.

Aquella espléndida primavera animó a Levin, fortaleciéndole en su propósito de prescindir de todo lo pasado y organizar de modo firme e independiente su vida de solitario.

A pesar de que muchos de los planes con que había regresado al pueblo no se habían realizado, uno de ellos –la pureza de vida– lo había conseguido. No sentía la vergüenza que habitualmente se experimenta tras la caída y así podía mirar a la gente a la cara sin rubor.


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