Ana Karenina
Ana Karenina Levin envió a buscar al encargado, pero no pudo esperar, y en seguida salió también él en busca suya.
El encargado, radiante como todo en aquel dÃa, vestido con una zamarra de piel de cordero, volvÃa de la era rompiendo una brizna de hierba entre las manos.
–¿Cómo es que el carpintero no está arreglando la trilladora?
–Ayer querÃa decir al señor que era preciso arreglar los rastrillos, que es ya tiempo de labrar.
–¿Por qué no los han arreglado en invierno?
–¿Para qué querÃa el señor traer entonces un carpintero?
–¿Y las empalizadas del corral de los terneros?
–He mandado llevarlas a su sitio. ¡No sabe uno qué hacer con esta gente! –dijo el encargado, gesticulando.
–¡Con quien no se sabe qué hacer es con este encargado y no con esta gente! –observó Levin, irritado. Y gritó–: ¿Para qué le tengo a usted?
Pero, recordando que con aquello no resolvÃa el asunto, se interrumpió, limitándose a suspirar.
–¿Qué? ¿Podemos sembrar ya? –preguntó tras breve silencio.