Ana Karenina
Ana Karenina De modo que los distribuidores de los bienes terrenales –como cargos, arrendamientos, concesiones, etcétera– eran amigos o parientes y no habÃan de dejar en la indigencia a uno de los suyos.
AsÃ, para obtener un buen puesto, Oblonsky no necesitó esforzarse mucho. Le bastó no contradecir, no envidiar, no disputar, no enojarse, todo lo cual le era fácil gracias a la bondad innata de su carácter. Le habrÃa parecido increÃble no encontrar un cargo con la retribución que necesitaba, sobre todo no ambicionando apenas nada: sólo lo que habÃan obtenido otros amigos de su edad y que estuviera al alcance de sus aptitudes.
Los que le conocÃan, no sólo apreciaban su carácter jovial y bondadoso y su indiscutible honradez, sino que se sentÃan inclinados hacia él incluso por su arrogante presencia, sus brillantes ojos, sus negras cejas y su rostro blanco y sonrosado. Cuando alguno le encontraba exteriorizaba en seguida su contento: «¡Aquà esta Stiva Oblonsky!», exclamaba al verle aparecer, casi siempre sonriendo con jovialidad.
Y, si bien después de una conversación con él no se producÃa ninguna especial satisfacción, las gentes, un dÃa y otro, cuando le veÃan, volvÃan a acogerle con idéntico regocijo.