Ana Karenina
Ana Karenina Levin entendió que aquellas palabras significaban que la avena inglesa preparada para la siembra se había estropeado ya por no haber hecho lo que él ordenara.
–Ya le dije, por la Cuaresma, que aventase la avena –exclamó Levin.
–No se apure; todo se hará a su tiempo.
Levin hizo un gesto de disgusto y se dirigió a los cobertizos para examinar la avena antes de volver a las cuadras.
La avena no estaba estropeada aún. Los jornaleros la cogían con palas en vez de vaciarla directamente en el granero de abajo. Levin dio orden de hacerlo así y tomó dos hombres para encargarles la siembra del trébol, con lo que su irritación contra el encargado se calmó en parte.
Además, en un día tan hermoso resultaba imposible enojarse.
–Ignacio –dijo al cochero, que con los brazos arremangados lavaba la carretela junto al pozo–: ensilla un caballo.
–¿Cuál, señor?
–«Kolpik».
–Bien, señor.