Ana Karenina
Ana Karenina
Al acercarse a su casa en inmejorable disposición de ánimo, Levin oyó un ruido de campanillas por el lado de la puerta principal.
«Ha venido alguien por ferrocarril» , pensó. «Es la hora del tren de Moscú. ¿Quién será? ¿Mi hermano Nicolás? Me dijo que irÃa a tomar las aguas en el extranjero o que vendrÃa a mi casa. »
En principio, la idea de la presencia de su hermano le disgustó, sospechando que iba a perturbar su buena disposición de ánimo, tan acorde con la alegrÃa primaveral. Pero, avergonzándose, abrió sus brazos espiritualmente, experimentando una sencilla alegrÃa y deseando de corazón que el llegado fuese Nicolás.
Espoleó al caballo y, al salir de las acacias, vio una troika de alquiler que llegaba de la estación y en la que iba un señor con pelliza.
No era su hermano.
«¡Si fuese al menos alguna persona simpática con la que se pudiese hablar!» , pensó Levin.
Y, al reconocer a Esteban Arkadievich, exclamó alegremente, levantando los brazos:
–¡Qué visita más agradable! ¡Cuánto me complace verte!
Y pensaba:
«Ahora sabré con certeza si Kitty se ha casado o cuándo se casa.»