Ana Karenina
Ana Karenina Y sintió que en aquel dÃa primaveral el recuerdo de Kitty no le era tan penoso.
–¿No me esperabas? –dijo Esteban Arkadievich, saliendo del trineo.
Llevaba barro en la nariz, en las mejillas y en las cejas, pero iba radiante de salud y alegrÃa.
–Ante todo, he venido para verte –dijo, abrazando y besando a Levin–; después, para cazar con perro y, además, para vender el bosque de Erguchovo.
–¡Muy bien! ¿Has visto qué primavera? ¿Cómo has podido llegar en trineo?
–En coche habrÃa sido más difÃcil aún –contestó el cochero, que conocÃa a Levin.
–Estoy contentÃsimo de verte ––dijo Levin sonriendo con toda el alma, infantilmente.
Levin acompañó a su amigo al cuarto reservado para los invitados, donde ya habÃan llevado los efectos de Esteban Arkadievich: un saco de viaje, una escopeta enfundada, una bolsa de cigarros…
Dejándole lavarse y cambiar de ropa, Levin pasó a su despacho para dar órdenes relativas a la labranza y al trébol.
Agafia Mijailovna, muy preocupada como siempre del honor de la casa, abordó a Levin en el recibidor, mareándole con preguntas sobre la comida.
–Haga lo que quiera, pero pronto –dijo Levin.