Ana Karenina
Ana Karenina Y fue en busca del encargado.
A su regreso, Esteban Arkadievich, peinado y lavado y con una sonrisa deslumbradora en los labios, salÃa de su cuarto. Subieron los dos juntos.
–¡Cuánto me alegro de haber venido! Ahora podré averiguar las cosas misteriosas que haces aquÃ. Pero te aseguro que te envidio. ¡Qué bien está todo en esta casa! ––decÃa Esteban Arkadievich, olvidando que no siempre era primavera ni todos los dÃas como aquél–. Tu ama de llaves es un encanto de viejecita… Cierto que serÃa mejor tener una doncella con delantalito… Pero esa anciana va muy bien con tus costumbres austeras y tu vida monástica.
Esteban Arkadievich contó muchas noticias interesantes y, sobre todo, una interesantÃsima para Levin: que su hermano Sergio Ivanovich se proponÃa pasar el verano con él, en el pueblo.
No dijo una palabra de Kitty ni de los Scherbazky, sólo se limitó a transmitirle recuerdos de su mujer.