Ana Karenina

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–Ya sé que tú no admites que se busquen panecillos cuando se tiene ya una ración de pan corriente y que lo consideras un delito; pero yo no comprendo la vida sin amor –respondió, interpretando a su modo la pregunta de Levin–. ¡Qué le vamos a hacer! Soy así. Esto perjudica poco a los demás y en cambio a mí me proporciona tanto placer…

–¿Hay algo nuevo sobre eso? –preguntó Levin.

–Hay, hay… ¿Conoces ese tipo de mujer de los cuadros de Osián? Esos tipos que se ven en sueños… Pues mujeres así existen en la vida. Y son terribles. La mujer, amigo mío, es un ser que por más que lo estudies te resulta siempre nuevo.

–Entonces vale más no estudiarlo.

–¡No! Un matemático ha dicho que el placer no está en descubrir la verdad, sino en el esfuerzo de buscarla.

Levin escuchaba en silencio, y a pesar de todos sus esfuerzos, no podía comprender el espíritu de su amigo. Le era imposible entender sus sentimientos y el placer que experimentaba estudiando a aquella especie de mujeres.

 

 


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