Ana Karenina
Ana Karenina Sentóse, se envolvió las piernas en una manta de viaje que imitaba una piel de tigre y encendió un cigarro, –No puedo comprender cómo no fumas. Un cigarro no es sólo un placer, sino el mejor de los placeres. ¡Esto es vida! ¡Qué bien va aquí todo! ¡Así me gustaría vivir!
–¿Quién te prohíbe hacerlo? –dijo, sonriendo, Levin.
–¡Eres un hombre feliz! Tienes cuanto quieres: si quieres caballos, los tienes; si quieres perros, los tienes; si quieres caza, la tienes; si quieres fincas, las tienes.
–Acaso soy feliz porque me contento con lo que tengo y no me aflijo por lo que me falta –dijo Levin pensando en Kitty.
Esteban Arkadievich le comprendió. Miró a su amigo y no dijo nada.
Levin agradecía a Oblonsky que no le hubiese hablado de los Scherbazky, comprendiendo que no deseaba que lo hiciese. Pero al presente Levin sentía ya impaciencia por saber lo que tanto le atormentaba, aunque no se atrevía a hablar de ello.
–¿Y qué, cómo van tus asuntos? –preguntó Levin, comprendiendo que estaba mal por su parte hablar sólo de sí.
Los ojos de su amigo brillaron de alegría.