Ana Karenina

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Kusmá, presintiendo una buena propina para vodka, no se separaba de Esteban Arkadievich. Le ponía las medias y las botas y él le dejaba hacer de buen grado.

–Kostia, si llega el comerciante Riabinin, a quien he mandado llamar, ordena que le reciban y que espere.

–¿Vendes el bosque a Riabinin?

–Sí. ¿Le conoces?

–Le conozco. Tuve con él asuntos que terminaron «positivamente y definitivamente».

Esteban Arkadievich rió. Aquellas últimas palabras eran las preferidas del comerciante.

–Sí; habla de un modo muy divertido. ¡Veo que has comprendido a dónde va tu amo! –añadió, acariciando a «Laska», que ladraba suavemente dando vueltas en torno a Levin y lamiéndole, ya las manos, ya las botas, ya la escopeta.

Cuando salieron, el charabán estaba al pie de la escalera.

–He mandado preparar el charabán, pero no está lejos… ¿Quieres que vayamos a pie?

–No, será mejor que vayamos montados –dijo Esteban Arkadievich, acercándose al coche.


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