Ana Karenina
Ana Karenina Nadie mejor que él sabía deslindar los límites de la llaneza oportuna y la seriedad precisa para hacer agradable y eficaz el trabajo.
El secretario se acercó con los documentos del día, y le habló con el tono de familiaridad que introdujera en la oficina el propio Esteban Arkadievich.
–Al fin hemos recibido los datos que necesitábamos de la administración provincial de Penza. Aquí están. Con su permiso…
–¿Conque ya se recibieron? –exclamó Esteban Arkadievich, poniendo la mano sobre ellos–. ¡Ea, señores!
Y la oficina en pleno comenzó a trabajar.
«¡Si ellos supieran», pensaba, mientras, con aire grave, escuchaba el informe, « qué aspecto de chiquillo travieso cogido en falta tenía media hora antes su "presidente de Tribunal"!»
Y sus ojos reían mientras escuchaba la lectura del expediente.
El trabajo duraba hasta las dos, en que se abría una tregua para el almuerzo.
Poco antes de aquella hora, las grandes puertas de la sala se abrieron de improviso y alguien penetró en ella. Los miembros del tribunal, sentados bajo el retrato del Emperador y los colocados bajo el zérzalo ,