Ana Karenina

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miraron hacia la puerta, satisfechos de aquella diversión inesperada. Pero el ujier hizo salir en seguida al recién llegado y cerró trás él la puerta vidriera.

Una vez examinado el expediente, Oblonsky se levantó, se desperezó y, rindiendo tributo al liberalismo de los tiempos que corrían, encendió un cigarrillo en plena sala del consejo y se dirigó a su despacho.

Sus dos amigos, el veterano empleado Nikitin y el gentilhombre de cámara Grinevich, le siguieron.

–Después de comer tendremos tiempo de terminar el asunto –dijo Esteban Arkadievich.

–Naturalmente –afirmó Nikitin.

–¡Ese Fomin debe de ser un pillo redomado! –dijo Grinevich refiriéndose a uno de los que estaban complicados en el expediente que tenían en estudio.

Oblonsky hizo una mueca, como para dar a entender a Grinevich que no era conveniente establecer juicios anticipados, y no contestó.

–¿Quién era el que entró mientras trabajábamos? –preguntó al ujier.

–Uno que lo hizo sin permiso, Excelencia, aprovechando un descuido mío. Preguntó por usted. Le dije que hasta que no salieran los miembros del Tribunal…

–¿Dónde está?


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