Ana Karenina
Ana Karenina –Debe de haberse ido a la antesala. No lo podÃa sacar de aquÃ. ¡Ah, es ése! –dijo el ujier, señalando a un individuo de buena figura, ancho de espaldas, con la barba rizada, el cual, sin quitarse el gorro de piel de camero, subÃa a toda prisa la desgastada escalinata de piedra.
Un funcionario enjuto, que descendÃa con una cartera bajo el brazo, miró con severidad las piernas de aquel hombre y dirigió a Oblonsky una inquisitiva mirada.
Esteban Arkadievich estaba en lo alto de la escalera. Su rostro, resplandeciente sobre el cuello bordado del uniforme, resplandeció más al reconocer al recién llegado.
–Es él, me lo figuraba. Es Levin –dijo con sonrisa amistosa y algo burlona–. ¿Cómo te dignas venir a visitarme en esta «covachuela» ? –dijo abrazando a su amigo, no contento con estrechar su mano–. ¿Hace mucho que llegaste?
–Ahora mismo. TenÃa muchos deseos de verte –contestó Levin con timidez y mirando a la vez en torno suyo con inquietud y disgusto.
–Bien: vamos a mi gabinete –dijo Oblonsky, que conocÃa la timidez y el excesivo amor propio de su amigo.