Ana Karenina

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Y, sujetando su brazo, le arrastró tras de sí, como si le abriera camino a través de graves peligros.

Esteban Arkadievich tuteaba a casi todos sus conocidos: ancianos de sesenta años y muchachos de veinte, artistas y ministros, comerciantes y generales. De modo que muchos de los que tuteaba se hallaban en extremos opuestos de la escala social y habrían quedado muy sorprendidos de saber que, a través de Oblonsky, tenían algo de común entre sí.

Se tuteaba con todos con cuantos bebía champaña una vez, y como lo bebía con todo el mundo, cuando en presencia de sus subordinados se encontraba con uno de aquellos «tús», como solía llamar en broma a tales amigos, de los que tuviera que avergonzarse, sabía eludir, gracias a su tacto natural, lo que aquello pudiese tener de despreciable para sus subordinados.

Levin no era un «tú» del que pudiera avergonzarse, pero Oblonsky comprendía que su amigo pensaba que él tendría tal vez recelos en demostrarle su intimidad en presencia de sus subalternos y por eso le arrastró a su despacho.


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