Ana Karenina
Ana Karenina Levin era de la misma edad que Oblonsky. Su tuteo no se debía sólo a haber bebido champaña juntos, sino a haber sido amigos y compañeros en su primera juventud. No obstante la diferencia de sus inclinaciones y caracteres, se querían como suelen quererse dos amigos de la adolescencia. Pero, como pasa a menudo entre personas que eligen diversas profesiones, cada uno, aprobando y comprendiendo la elección del otro, la despreciaba en el fondo de su alma.
Le parecía a cada uno de los dos que la vida que él llevaba era la única real y la del amigo una ficción.
Por eso Oblonsky no había podido reprimir una sonrisa burlona al ver a Levin. Varias veces le había visto en Moscú, llegado del pueblo, donde se ocupaba en cosas que Esteban Arkadievich no alcanzaba nunca a comprender bien, y que, por otra parte, no le interesaban.
Levin llegaba siempre a Moscú precipitadamente, agitado, cohibido a irritado contra sí mismo por su torpeza y expresando generalmente puntos de vista desconcertantes a inesperados respecto a todo.