Ana Karenina
Ana Karenina Esteban Arkadievich encontraba aquello muy divertido. Levin, en el fondo, despreciaba también la vida ciudadana de Oblonsky y su trabajo, que le parecÃan sin valor. La diferencia estribaba en que Oblonsky, haciendo lo que todos los demás, al reÃrse de su amigo, lo hacÃa seguro de sà y con buen humor, mientras que Levin carecÃa de serenidad y a veces se irritaba.
–Hace mucho que te esperaba ––dijo Oblonsky, entrando en el despacho y soltando el brazo de su amigo, como para indicar que habÃan concluido los riesgos–. Estoy muy contento de verte ––continuó––. ¿Cuándo has llegado?
Levin callaba, mirando a los dos desconocidos amigos de Esteban Arkadievich y fijándose, sobre todo, en la blanca mano del elegante Grinevich, una mano de afilados y blancos dedos y de largas uñas curvadas en su extremidad. Aquellas manos surgiendo de los puños de una camisa adornados de brillantes y enormes gemelos, atraÃan toda la atención de Levin, coartaban la libertad de sus pensamientos.
Oblonsky se dio cuenta y sonrió.