Ana Karenina
Ana Karenina –¿No le he dado? ¿No he hecho blanco? –preguntó Esteban Arkadievich, que no podÃa ver a través del humo.
–Aquà está –dijo Levin, señalando a «Laska» que, levantando una oreja y agitando la cola, traÃa a su dueño el pájaro muerto, lentamente, como si quisiera prolongar el placer, se dirÃa que sonriendo…
–¡Me alegro de que hayas acertado! –dijo Levin, sintiendo a la vez cierta envidia de no haber sido él quien matara a la chocha.
–¡Pero erré el tiro del cañón derecho, caramba! –contestó Esteban Arkadievich cargando el arma–. ¡Chist! Ya vuelven.
Se oyeron, en efecto, silbidos penetrantes y seguidos. Dos chochas, jugueteando, tratando de alcanzarse, silbando sin emitir el cloqueo habitual, volaron sobre las mismas cabezas de los cazadores.
Se oyeron cuatro disparos. Las chochas dieron una vuelta, rápidas como golondrinas, y desaparecieron.