Ana Karenina
Ana Karenina La caza resultaba espléndida. Esteban Arkadievich mató dos piezas más y Levin otras dos, una de las cuales no pudo encontrarse. OscurecÃa. Venus, clara, como de plata, brillaba muy baja, con suave luz, en el cielo de poniente, mientras, en levante, fulgÃan las rojizas luces del severo Arturo. Levin buscaba y perdÃa de vista sobre su cabeza la constelación de la Osa Mayor. Ya no volaban las chochas. Pero Levin resolvió esperar hasta que Venus, visible para él bajo una rama seca, brillase encima de ella y hasta que se divisasen en el cielo todas las estrellas del Carro.
Venus remontó la rama, fulgÃa ya en el cielo azul toda la constelación de la Osa, con su carro y su lanza, y Levin continuaba esperando.
–¿Volvemos? –preguntó Esteban Arkadievich.
En el bosque reinaba un silencio absoluto y no se movÃa ni un pájaro.
–Quedémonos un poco más –dijo Levin.
–Como quieras.
Ahora estaban a unos quince pasos uno de otro.
–Stiva ––dijo de pronto Levin–, ¿por qué no me dices si tu cuñada se casa o se ha casado ya? –y al decir esto, se sentÃa tan firme y sereno que creÃa que ninguna contestación habÃa de conmoverle.
Pero no esperaba la respuesta de Oblonsky.