Ana Karenina
Ana Karenina –No pensaba ni piensa casarse. Está muy enferma y los médicos la han enviado al extranjero. Hasta se teme por su vida.
–¿Qué dices? ––exclamó Levin–. ¿Muy enferma? ¿Qué tiene? ¿Cómo es que … ?
Mientras hablaba, «Laska», aguzando los oÃdos, miraba al cielo y contemplaba a los dos con reproche.
«Ya han encontrado ocasión de hablar», pensaba la perra. «Y mientras tanto el pájaro está aquÃ, volando.
Y no van a verlo. »
Pero en aquel momento los dos cazadores oyeron a la vez un silbido penetrante que parecÃa golpearles las orejas.
Ambos empujaron sus armas, brillaron dos relámpagos y dos detonaciones se confundieron en una.
Una chocha que volaba muy alta plegó las alas instantáneamente y cayó en la espesura, doblando al desplomarse las ramas nuevas.
–¡MagnÃfico! ¡Es de los dos! –exclamó Levin y corrió con «Laska» en dirección al bosque para buscar la chocha.
«¿No me han dicho ahora algo desagradable?», se preguntó. «¡Ah, sÃ; que Kitty está enferma! En fin, ¿qué le vamos a hacer? Pero me apena mucho», pensaba.