Ana Karenina
Ana Karenina –¿Qué?, ¿ha traÃdo el dinero? –preguntó Oblonsky–. Siéntese…
–Sobre el dinero no habrá dificultad. VenÃa a verle, a hablarle…
–¿Hablar de qué? Siéntese, hombre.
–Bueno; nos sentaremos –dijo Riabinin, haciéndolo y apoyándose en el respaldo de la butaca del modo que le resultaba más molesto–. Es preciso que rebaje el precio, PrÃncipe. No se puede dar tanto. Yo traigo el dinero preparado, hasta el último copeck. Respecto al dinero no habrá dificultades…
Levin, después de haber puesto la escopeta en el armario, se disponÃa a salir de la habitación, pero al oÃr las palabras del comprador, se detuvo.
–Sin eso se lleva ya usted el bosque regalado. Mi amigo me ha hablado demasiado tarde, si no habrÃa fijado el precio yo –dijo Levin.
Riabinin se levantó y, sonriendo en silencio, miró a Levin de pies a cabeza.
–Constantino Dmitrievich es muy avaro –dijo, dirigiéndose a Oblonsky y sin dejar de sonreÃr–. En definitiva, no se le puede comprar nada. Yo le hubiese adquirido el trigo pagándoselo a buen precio, pero…
–¿QuerrÃa acaso que se lo regalara? –repuso Levin–. No me lo encontré en la tierra ni lo robé.