Ana Karenina
Ana Karenina –¡No diga usted eso! En nuestros tiempos es decididamente imposible robar. Hoy, al fin y al cabo, todo se hace a través del juzgado y de los notarios; todo honesta y lealmente… ¿Cómo serÃa posible robar?
Nuestros tratos han sido llevados con honorabilidad. El señor pide demasiado por el bosque, y no podrÃa cubrir los gastos. Por eso le pido que me rebaje algo.
–¿Pero el trato está cerrado o no? Si lo está, sobra todo regateo. Si no lo está, compro yo el bosque –dijo Levin.
La sonrisa desapareció de súbito del rostro de Riabinin y se sustituyó por una expresión dura, de ave de rapiña, de buitre… Con dedos ágiles y decididos, desabrochó su levita, mostrando debajo una amplia camisa, desabrochó los botones de cobre de su chaleco, separó la cadena del reloj y sacó rápidamente una vieja y abultada cartera.
–El bosque es mÃo, con perdón –dijo, santiguándose a toda prisa, y adelantando la mano–. Tome el dinero, el bosque es mÃo. Riabinin hace asà sus negocios, no se entretiene en menudencias.
–En tu lugar yo no me apresurarÃa a cogerle el dinero ––dijo Levin.
–¿Qué quieres que haga? –repuso Oblonsky con extrañeza–. He dado mi palabra.