Ana Karenina
Ana Karenina Levin salió de la habitación dando un portazo. Riabinin movió la cabeza y miró hacia la puerta sonriente.
–¡Cosas de jóvenes, niñerías! Si lo compro, crea en mi lealtad, lo hago sólo porque se diga que fue Riabinin quien compró el bosque y no otro. ¡Dios sabe cómo me resultará! Puede usted creerme. Y ahora haga el favor: fírmeme usted el contrato.
Una hora después, Riabinin, abrochando su gabán cuidadosamente y cerrando todos los botones de su levita, en cuyo bolsillo llevaba el contrato de venta, se sentaba en el pescante del charabán para volver a su casa.
–¡Oh, lo que son estos señores! –dijo a su encargado–. Siempre los mismos.
–Claro –repuso el empleado entregándole las riendas y ajustando la delantera de cuero del vehículo–. ¿Puedo felicitarle por la compra, Mijail Ignatich?
–¡Arte, arte! –gritó el comprador animando a los caballos.