Ana Karenina
Ana Karenina Marchó poco después que tú y no ha vuelto a Moscú ni una vez. Voy a decirte la verdad, Kostia –continuó Oblonsky, apoyando el brazo en la mesilla de noche junto a su lecho y poniendo el rostro hermoso y rubicundo sobre la mano, mientras a sus ojos bondadosos y cargados de sueños parecÃan asomar los destellos de mirÃadas de estrellas. Tú tuviste la culpa, te asustaste ante tu rival. Y yo, como te dije en aquel momento, aún no sé quién de los dos tenÃa más probabilidades de triunfar. ¿Por qué no fuiste derechamente hacia el objetivo? Ya te dije entonces que…
Y Esteban Arkadievich bostezó sólo con un movimiento de mandÃbulas, sin abrir la boca.
«¿Sabrá o no sabrá que pedà la mano de Kitty?», pensó Levin mirándole. « SÃ: se nota una expresión muy astuta, muy diplomática, en su semblante.»
Y, advirtiendo que se ruborizaba, Levin miró a Esteban Arkadievich a los ojos.
–Cierto que entonces Kitty se sentÃa algo atraÃda hacia Vronsky –continuaba Oblonsky–. ¡Claro: su porte distinguido y su futura situación en la alta sociedad influyeron mucho, no sobre Kitty, sino sobre su madre!