Ana Karenina
Ana Karenina –No. No sé si lo sabes o no, pero me es igual y voy a decÃrtelo. Me declaré a Kitty y ella me rechazó. Y ahora Catalina Alejandrovna no es para mà sino un recuerdo humillante y doloroso.
–¿Por qué? ¡Qué tonterÃa!
–No hablemos más. Perdóname si me he mostrado un poco rudo contigo –dijo Levin.
Y ahora que lo habÃa dicho todo, volvÃa ya a sentirse como por la mañana.
–No te enfades conmigo, Stiva. Te lo ruego; no me guardes rencor –terminó Levin.
Y cogió, sonriendo, la mano de su amigo.
–Nada de eso, Kostia. No tengo por qué enfadarme. Me alegro de esta explicación. Y ahora a otra cosa: a veces por las mañanas hay buena caza. ¿Iremos? PodrÃa prescindir de dormir a ir directamente del cazadero a la estación.
–Muy bien.