Ana Karenina

Ana Karenina

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–¿Ves? Yo estaba así cuando entró tu hermano… Sí, sí, sí… ¡Ahí tienes la carta!

Y la sacó de debajo del colchón, que era donde la había guardado.

Vronsky cogió la carta y la nota de su hermano.

Era lo que esperaba. Su madre le escribía reprochándole que no fuese a verla. La nota de su hermano decía que necesitaba hablarle.

Vronsky sabía que ambas cosas hacían referencia a lo mismo.

«¿Qué tienen que ver ellos con todo esto?», se preguntaba

Estrujó las cartas y las guardó entre dos botones del uniforme para leerlas más detenidamente por el camino.

A la entrada de su casa halló dos oficiales, uno de los cuales pertenecía a su regimiento.

–¿Adónde vas? –le preguntaron.

–Tengo que ir a Peterhof.

–¿Ha llegado el caballo de Tsarkoie Selo? .

–Sí, pero no le he visto.

–Dicen que el « Gladiador» de Majotin cojea.

–No es cierto. ¡Pero no sé cómo vais a saltar con el barro que hay! ––dijo el otro oficial.


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