Ana Karenina
Ana Karenina –Procura no volver tarde –dijo únicamente Yachvin.
Y, cambiando de conversación, preguntó mirando a la ventana y refiriéndose al caballo de varas de la troika que él le habÃa vendido:
–¿Y qué? ¿Cómo te va mi bayo?
–Espera –gritó Petrizky, viendo que Vronsky salÃa ya–. Tu hermano ha dejado para ti una carta y una nota. Pero ¿dónde están?
Vronsky se paró.
–¿Dónde están?
–Claro, ¿dónde están? Ésa es precisamente la cuestión ––dijo con solemnidad Petrizky, pasándose el dedo Ãndice por encima de la nariz.
–¡Vamos, contesta! Es una estupidez lo que estás haciendo –dijo, sonriendo, Vronsky.
–No he encendido el fuego con ella. Deben de estar en alguna parte.
–Déjate de mentiras. ¿Dónde está la carta?
–De veras que lo he olvidado. O ¿lo habré soñado quizá? Espera, espera… ¿Por qué te enfadas? Si hubieras bebido, como yo ayer, cuatro botellas (cuatro por persona), habrÃas olvidado también dónde tenÃas la carta y estarÃas ahora descansando… Espera; voy a acordarme ahora mismo.
Petrizky pasó tras el tabique y se acostó.